Hablemos…

– Mamá, hay un pelo en mi sopa…
– Lo tengo limpísimo, hijo.
– Si yo no he dicho que sea tuyo.
– Ah bueno, será del camarero.
– Cómo va a ser del camarero, si es calvo.
– Pues será del cocinero. ¿Y yo qué quieres que te diga? Quítatelo y punto.

-Tampoco es para tanto…

– Imagínate que estaba en tu plato. ¿No te da asco?
– Define asco.
– Ya estamos con “define”. ¿A caso no sabes lo que es?
– Yo sí, pero ¿tú?
– Uy, ¿que lo he usado mal? ¿Cómo no iba a saberlo?
– A lo mejor sólo sabes cuando usarlo, pero no entiendes el concepto.
– Mira, sobre estas cosas no se puede disertar.
– Quizá no, pero podemos intentarlo.
– ¿Para sacarnos de quicio? No, gracias.
– ¿Sabes lo que es el quicio?
– Ilústrame.
– No, te sacaría “de quicio”. ¿Ves?
– ¿Tu no sabes que no se puede explicar algo empezando por un ejemplo? Además, no has demostrado mejor que yo que sabes lo que significa.
– Cierto.
– ¡Me da la razón al fin!
– En realidad no, sólo corroboro tu afirmación.
– ¿Y eso que es, sino darme la razón?
– Es que en realidad, no hay ninguna razón para darte. Haces una afirmación, y yo la reafirmo.
– Pues eso, que crees que tengo razón al afirmarlo.
– Podría reafirmar una frase que no tuviera un contenido de razón.
– Todas las afirmaciones, en esencia, tienen una razón; aunque sea subjetiva.
– Una razón no puede ser subjetiva, pues dejaría de tener razón.
– ¿Y si la razón consiste en estar equivocado?
– La afirmación perdería su esencia.
– ¿Y cuál es la esencia de una afirmación, sino la razón?
– Interesante…

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