Tres en uno

Una de las ideas más extendidas en neurociencia es la de los «tres cerebros». Seguro que has escuchado eso del cerebro «reptiliano», cerebro «emocional» y cerebro «racional». Si es la primera vez que te topas con esta descripción, no le dediques mucho tiempo: no es correcta. A pesar de lo que nos explican en la carrera acerca de la evolución del cerebro. Y cómo este se desarrolló en distintas capas en función se avanza en la escala filogenética.

La verdad es que se sabe desde hace muchos años que esto no es así. Pero empecemos por el comienzo: ¿qué es eso de los tres cerebros? ¿Y por qué se sigue contando esta historia?

El origen de las especies.

La idea de los tres cerebros se remonta a la Grecia de Platón. Este filósofo planteó la noción de que el organismo está en una lucha constante consigo mismo para someter a los impulsos. Posteriormente, Paul McLean describió una diferencia macroscópica en el cerebro de diferentes especies y concluyó que las distintas capas debían haberse producido como resultado del progreso evolutivo. Pero esto es, en realidad, una interpretación equivocada de la evolución.

Las especies no evolucionan unas sobre otras. Los humanos no somos simios avanzados. Solo somos otra clase de simios. Los mamíferos no somos el siguiente paso en la evolución de los reptiles. Solo aparecimos más tarde. Sin embargo, la idea recurrente de que las especies arrastran unas a otras está fuertemente arraigada.

Imagino que al analizar sus observaciones, McLean pensó «primero fuimos reptiles, luego mamíferos y, finalmente, homínidos. El cerebro humano muestra estructuras complejas ausentes en otros mamíferos. Y estos, a su vez, con respecto a los reptiles. Debe ser que el cerebro mamífero crea una capa sobre el cerebro reptiliano. Y el humano, sobre el mamífero». Así surgió la idea del cerebro triúnico.

El cerebro triúnico.

A cada uno de estos cerebros se le atribuye además su propio dominio. El cerebro reptiliano, por ejemplo, es el responsable de los procesos básicos que facilitan la supervivencia: alimentarse, huir, luchar y aparearse (los 4F en inglés: Feed, flight, fight, fuck). Con el sistema límbico apareció una capacidad superior: la respuesta emocional. El mundo afectivo es observable en los mamíferos a causa de las estructuras nuevas que surgen con el paso de los milenos. Por úlitmo, emerge el cerebro racional, típicamente humano, capaz de poner orden, organizar y regular las respuestas más primarias (especialmente la región prefrontal). El neocórtex como característica distintiva de la especie humana.

Representación del cerebro trino. En marrón, las estructuras correspondientes al cerebro reptiliano. En rojo, los componentes principales del sistema límbico. En azul está representada la neocorteza.

Es fascinante que esto se sepa erróneo desde hace más de 40 años y aun así se tenga prácticamente como dogma. Pero si esto es equivocado, ¿cuál es la verdadera historia? ¿Por qué sentimos que en ocasiones se nos apoderan los impulsos más básicos y que solo gracias a nuestra racionalidad podemos sofocarlos? Vamos a meternos de cabeza (pun intended) en la arquitectura celular y molecular del cerebro.

Diferentes pero igual.

La corteza cerebral de reptiles, mamíferos y humanos pueden no parecerse a simple vista. Sin embargo, a pesar de estas diferencias, las neuronas de distintas especies pueden contener los mismos genes. Lo que sugiere que tendrían el mismo origen evolutivo. Gracias al análisis genético de las neuronas, hoy se sabe que el cerebro no evolucionó en capas. Lo que aporta la evolución es reorganización. A mayor tiempo evolutivo, diferente organización celular. Esto es el primer aspecto que haría diferente el sistema nervioso central de reptiles, mamíferos y humanos.

Un ejemplo para ilustrar esto es la corteza somatosensorial. En humanos, la corteza somatosensorial se divide en tres subregiones. La rata presenta solamente una región. Esto puede invitar a pensar que estas regiones extra emergieron para lidiar con la complejidad del repertorio motor de los humanos. Sin embargo, las regiones de ambas especies comparten la mayoría de genes. Lo más probable es que, según avanzara la evolución, esta región única se reorganizase para ocuparse de aspectos más específicos que requería un cuerpo de mayor tamaño.

Corteza somatosensorial de rata (izquierda) formada por una región (en rojo), frente a la humana: regiones 1, 2 y 3 de Broadmann (derecha).

A fin de cuentas, los genes proporcionan un plan de acción que se pone en marcha desde el momento de la concepción. Y lo hace de la misma forma para todas las especies (al menos, todas las investigadas hasta la fecha). La causa de que unas neuronas sean tan diferentes a otras entre especies es el «tiempo de cocción». Las neuronas de la corteza en humanos tardan más en desarrollarse que las neuronas de la corteza de una jirafa, una rata, o un gato; y estas tardan más que las de una lagartija o un dragón de Komodo. Pero si se pudiera extender el tiempo de desarrollo neuronal de una boa constrictor, su corteza terminaría pareciendose mucho a la humana.

Nada especial.

Así pues, el cerebro humano no tiene partes añadidas; no tenemos un cerebro reptiliano al que acallar, ni un sistema límbico donde residan las emociones, ni la neocorteza es una nueva capa evolutiva. Solo se trata de reorganización y tiempo de desarrollo.

La selección natural no ha escogido a la humanidad para nada: simplemente somos una especie más, con las características que más han facilitado la adaptación a nuestro medio. Igual que el cerebro de las serpientes está adaptado a su medio. No somos una especie superior, somos una especie diferente. Las historias sobre la neocorteza es la raíz de la racionalidad, o que la región prefrontal regula las áreas emocionales y apacigua los impulsos más primarios, son solo eso, historias. Interesantes como anécdota y útiles como metáfora. Pero desacrtadas y poco rigurosas con respecto a la realidad que conocemos hoy gracias a la evidencia más reciente.

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